En la mitología maya, Chaac era el dios de la lluvia, el trueno y el relámpago. Con su hacha, Chaac golpea las nubes, provocando truenos y lluvia. Se le consideraba el protector de las cosechas y el hacedor de las lluvias. Esta deidad se asemeja al Tláloc mexica, al Pitao Cocijo zapoteca y al Dzahui mixteca.
Chaac era uno de los dioses más importantes y con mayor influencia en el pueblo maya, se le hacían ofrendas para invocar las lluvias que darían lugar a obtener buenas cosechas, moraba en las cuevas y cenotes, las cuales eran consideradas entradas al inframundo, el Xibalba.
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La influencia del dios era tan grande que está presente en muchas zonas arqueológicas en forma de máscaras, adornando fachadas, templos y pirámides. En ciudades como Uxmal es el dios principal, mientras que en otras como Sayil y Chichén Itzá, hay decoraciones que lo representan.
Como otros dioses mayas, Chaac es uno y a la vez muchos. Cuatro Chaacs se posan en los puntos cardinales y visten los colores direccionales.
Entre los rituales dedicados a Chaac, se encuentra la ceremonia yucateca Chʼa Cháak en la cual se pedía la llegada de la lluvia. Esta se centra en un banquete ceremonial para las deidades de la lluvia. Incluye cuatro niños, uno por cada punto cardinal, que actúan y cantan como ranas.
Chaac suele representarse con un cuerpo humano que muestra escamas de reptil o anfibio, y con una cabeza no humana de la que sobresalen colmillos y una nariz larga y colgante. A menudo lleva un escudo y un hacha relámpago.
Chaac es capaz de hacer llover y elevar las cosechas. Con su hacha provoca relámpagos y tormentas.